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ANTOLOGÍA
POÉTICA (1972-2002)
El Ateneo de Sevilla, siguiendo su trayectoria fructuosa en extremo e impregnada de calidad y autenticidad en pro de la Cultura en general y de la Literatura en particular, especialmente de la Poesía, nos sorprende atinada y placenteramente con la publicación de esta “Antología Poética” de Francisco Mena Cantero, insigne poeta, escritor y periodista, de quien, en los últimos parágrafos de este comento, escribiré más extensamente. En el introito o prólogo que abre de par en par la puerta de la presente obra, escrito de forma magistral por Enrique Barrero González, presidente del Ateneo sevillano, éste evoca parte de su disertación con motivo de la presentación del libro “La Literatura y el Ateneo de Sevilla” del profesor José Vallecillo (1887-2003): “La Literatura ha constituido uno de los pilares fundamentales de la actividad de promoción cultural desarrollada por el Ateneo de Sevilla desde su fundación en 1887...”. Al leer esta Antología, el lector percibe, de forma global, las esencias de la suprema obra poética de Mena Cantero, las cuales brotan de sus sentimientos con sangre de lo estético y de lo expresivo, de lo sorprendente y de lo rítmico, de lo singular y de lo luminoso..., identificándose plenamente con el poeta allá en el núcleo de su sentir profundo. “Sigue alzando los brazos hasta el cielo / para buscar llanuras de alegría, / pero el rumor de la ciudad golpea / con su mano de indiferencia loca / su corazón de tierra hecho jirones / de esperanza total”. // (“El libro de los vivos”, poema 12, de “Esta ausencia total” (1975), p. 52). Es esta una comunión íntima, necesaria, que enriquece cada latido de vida, cada paso del lector, porque la poesía de Francisco Mena Cantero “es el sentimiento, tal y como dice Carmen Conde, que le sobra al corazón y te sale por la mano”. Además, la impar creación lírica del poeta “sevillano” (ya aclararé el porqué del entrecomillado) posee una sensibilidad extraordinariamente marcada y una mezcla excelsa de lo trascendente y de lo cotidiano, una acusada e impactante hondura y una diversidad sin límites de manantiales y de imágenes frondosamente rítmicas, de musicalidades (polivalencia sonora) y de procedimientos retóricos... “Creyó en el mar. Imaginó un abrazo / de soles y de espumas en el brazo / y se lanzó a la vida de cabeza. // Desclavó la tormenta su oleaje / arrebatando al hombre su equipaje / y naufragó en el mar de su tristeza”. (“Travesía” de “Mar de altura (1978), p. 72). He de destacar, asimismo, la sapiencia y la habilidad mental del poeta para moverse en espacios líricos distintos, la abundancia asombrosa de su léxico de oro y diamantes que causa admiración y, al mismo tiempo, da vida, con una agilidad intelecto-sensitiva velocísima y eficaz, al contenido sustancial o fondo de cada poema, a la riqueza métrica tan amplia, abarcando desde las estrofas propiamente clásicas, perfectas, como es el soneto, hasta la pureza del aspecto conceptual y, en muchos casos, también formal de los poemas de versos libres, o el verso libre, como se acostumbra a denominar. Al leer y releer y ahondar en los poemas antologados, incluidos en los 20 primeros poemarios del autor, desde “Aún no ha llegado ayer” (1972) hasta “La fe que nos lleva” (2002), siento en mis adentros que para Francisco Mena Cantero la poesía es una forma de encontrase consigo mismo, con el mundo y con los demás caminantes que, como él, vamos hacia el último horizonte visible por el ojo humano. “Pude ser héroe o demonio. Pude... / Pero un pájaro sucio / se me murió en los ojos, una tarde”. // (“El Inmortal” de “Las cosas perdonadas” (1983), p. 146). La poesía para Mena Cantero no es algo que se ve o se mira, sino la luz que le permite ver y mirar. Y lo que ve y mira es su orbe íntimo y la vida en todas sus parcelas o sectores. Es decir, ver y mirar y observar aquello que la mayoría de los humanos no ve, ni mira, ni observa..., captándolo, asimilándolo y enalteciéndolo para, después, darle forma (estructura) y contenido. Francisco es consciente de que la clave de la concepción poética está en la armonía entre el léxico usado por el poeta y todo lo que éste conlleva y lo circunda, la perfección en la sintaxis, la sonoridad o musicalidad que alberga y expele ésta, la luz interna o luz poética... y la magia de lo creado. “Brindó en silencio por su propia paz / y quiso hacer un nudo con el tiempo, / mas cuando estaba al borde / del pozo del cansancio, / se miró en el espejo de la vida / y una niña de risas y de escarcha / se le hizo una burbuja en la memoria”. // (“Al borde” de “Diario de una bruja”, inédito (1979), p. 96). Al analizar exhaustivamente y en profundidad los poemas de Francisco Mena Cantero, deduzco que la poética de nuestro insigne poeta es un hacerse a sí mismo, es decir, crear paso a paso su estilo propio hasta lograr esta propiedad personal e intransferible. (Nuestro poeta hace ya bastante tiempo que lo consiguió). Escribo “un hacerse a sí mismo” conjugando, como bien sabe Francisco, el rigor literario-poético y la autenticidad anímica y sensitiva, desde la realidad cotidiana del pensar, del sentir y del vivir, escribiendo poemas de él o desde él. “Sé original, muchacho, sigue la tradición”, le dijo Juan Ramón Jiménez a un grupo de nuevos poetas. En los ríos y mares interiores de Mena Cantero palpita una serie de capacidades, diferente a las habituales, de reflexión y de expresión y de influjo trascendental absolutamente peculiares, absorbentes, capaz de introducirnos, desde su esplendor puramente poético, en los estados luminosos de su propia conciencia para que compartamos con él, es decir, para que vivamos y sintamos sus perplejidades, sus descubrimientos y hasta sus reacciones sorprendentes que contribuyen, aunque lo ignoremos, a revitalizar nuestros frutos existenciales. “Hace tiempo que nadie me pregunta / por qué en la casa todo se me junta / y se me va subiendo a la cabeza. // Voy a hacer del pasado tabla rasa / y a buscarme otro sitio y otra casa / en la que nunca habite la tristeza”. // (“La casa” de “Un hombre habla solo” (1999), p. 210). Es fundamental para el lector recoger de las coordenadas contextuales de cada poema, las ideas y pensamientos, las esperanzas y los deseos, los triunfos y las derrotas... que plasma el poeta, con un lenguaje de inusitada vitalidad y de un poder de comunicación paradigmático y encomiable, lenguaje sin naufragios, sin fragmentaciones, sin articulaciones rígidas..., para, posteriormente, asimilarlas, mientras serpean bajo la estructura de creación de Francisco Mena. Esta riqueza lírica la transmite el poeta, con impulso vital, desde el corazón de su sensibilidad al del lector, gracias a que en Mena Cantero se cumplen a la perfección las palabras del poeta René Char: “Entre el mundo de la realidad y yo, hoy ya no queda espesor triste”. Mena Cantero viaja, mientras crea sus poemas, por los mundos de la claridad y de la oscuridad. Él es consciente de su misión. Ésta se halla muy por encima de cualquier tipo de mediocridad y de banalización ninguneadora, de conurbación de intereses materiales y de mitos desestabilizadores... Su labor consiste en crear, desde su compromiso con la vida y con el hombre, espacios de libertad y luz, de igualdad y relación..., con el fin de que al lector le sea revelada su identidad de hombre y que éste la acepte y se responsabilice de ella. Para ello, el poeta no se vale de cualquier forma estándar, sino de aquello que recolecta de su vida y de las vidas de sus antepasados y coetáneos. Ése es el manantial de su poesía. Una fuente universal e inagotable por la originalidad de sus aguas siempre vivas y ansiosas por ser bebidas. “Mi vida, dice Pablo Neruda, es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta”. Francisco Mena Cantero (Ciudad Real, 1934) pasó toda su infancia y juventud en la Capital manchega. Tras estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid, fue profesor de Instituto de Enseñanza Media y de la Escuela de Magisterio. Desde 1971 reside en Sevilla. De ahí la razón de mi anterior entrecomillado al escribir “sevillano”, ya que lleva 34 años residiendo en la ciudad hispalense. Dirige, junto a Víctor Jiménez, la Colección de Poesía “Ángaro”, que fundara e 1969 Manuel Fernández Calvo. En 1974, junto a otros poetas sevillanos, fundó la ya desaparecida revista poética “Cal” y, más tarde, el premio bienal de poesía en Sevilla, denominado “Tabladilla”. En 1996 fue nombrado Caballero Andante por la Asociación Cultural “Quijote 2000” de Ciudad Real, y en 2003, Juglar e Hijo Adoptivo de Fontiveros, patria chica de San Juan de la Cruz. Cultiva el artículo periodístico y la poesía, siendo esta última la más reconocida y donde su bibliografía es ya muy amplia. Está jalonada de numerosos premios (“Ricardo Molina”, “Ciudad de Zamora”, “Francisco de Quevedo” del Ayuntamiento de Madrid, “Juan Alcaide”, “Rodrigo de Cota”, “Villa de Martorell”, “Zenobia”, “Ciudad de Alcalá de Henares”, “Paul Beckeet”, “Poesía Mística” Fernando Rielo...). Ha publicado más de 20 libros de poesía y 2 para niños, así como una biografía del folclorista Mazantini y el “Epistolario de Arturo Gazul”. Ha sido colaborador habitual de ABC de Sevilla durante 30 años, y, actualmente, lo es del Diario “Lanza” de Ciudad Real. (Publicado en el periódico “Granada Costa" el 26 setiembre 2005) |