POESÍA Y DOLOR

DOLOR DE AUSENCIA
Nicolás DEL HIERRO
Ediciones Llanura. Madrid, 2006. Págs. 112
Colabora la Consejería de Cultura de la Junta
de Comunidades de Castilla-La Mancha.

 

 

En “Dolor de Ausencia” Nicolás del Hierro se introduce, en profundidad, en los laberintos de su memoria, desligándose de ese barroquismo innecesario que desluce y oscurece el contenido de cualquier obra. Este retorno a la esencia de su pasado es para el poeta realeño un compromiso ineludible, una necesidad vital que le insta a su propia sensibilidad, en proceso de expansión continua, a satisfacerla, un requerimiento de su amor a sus seres queridos, ya ausentes de la vida, y al entorno o ambiente de silencio y frío que dejó su impronta indeleble, tanto en la ventura como en la adversidad…

Con rigor y serenidad, con técnica y pericia literarias encomiables … el autor nos va desgranando verso a verso, poema a poema, una serie de rememoraciones recopiladas por ese amor que nace de la bondad de un hombre que nunca es indiferente a los avances constantes de su vida, ni a los de sus coetáneos, ni a los avatares sumamente complejos de un mundo más y menos cercano a él que le marcan, que los siente en sus adentros, impactándole la debilidad o carencia de nobleza y equilibrio, de generosidad y fraternidad… en un sinnúmero de personas de ayer y de hoy. Sin embargo, esta toma de conciencia, que también percibimos en el contexto de libros anteriores, va acompañada de los sentimientos clave de otros seres humanos que, desde siempre, vivieron y lucharon silenciosamente para que la sociedad sea cada vez más humana y más solidaria, más uniforme y más libre, más estable y más pacífica… Todo ello le induce al poeta a dar testimonio por medio de la literatura, no sólo de las zonas umbrosas, negativas, de la vida, sino también de las soleadas o positivas. Precisamente Nicolás, en la primera de las dos citas que preceden a la dedicatoria del libro, nos hace recordar aquellas palabras de Cicerón, las cuales corroboran lo que ya he expresado: “Ninguna sociedad es más noble y estable que la de los hombres de bien, unidos por la conformidad de costumbres y por la amistad”.

En el prólogo, tan docto como admirable, titulado “*Dolor de Ausencia*, el regreso a Ítaca del poeta”, y escrito por José María Barreda Fontes, Presidente de Castilla-La Mancha, su autor nos comenta: “El *Dolor de Ausencia* que nos transmite Nicolás nace de la única brecha que no sutura el tiempo, pues el lento arrastrar de los años sólo contribuye a separar sus márgenes, y en la que el dolor por la distancia que separa al poeta de los episodios idealizados tiene la misma intensidad que el de las tragedias que asolaron su pasado. La añoranza no enraíza en los hechos, sino en la pérdida de lo que un día fuimos y de los seres queridos con los que lo compartimos”.

Nicolás del Hierro escribió este libro apoyándose en cómo él revive aquellos estados de ánimo y sensaciones y emociones… que arraigaron en su psique en un pasado que fluía de las entrañas de ingentes masas indestructibles de hielo. Pero lo más importante para nuestro poeta, independientemente del estancamiento y sinsentido de la vida de aquellos años de la posguerra, es la evocación de las personas que tanto lo amaron y a las que él tanto amó, ora familiares, ora amigos, que ya se ausentaron de este mundo, y de aquellos lugares en donde se desarrollaron las primeras etapas de su vida. Precisamente ese recíproco amor hacia sus seres más amados, y ese otro unidireccional, que mana también de los hondones de su esencia, hacia sitios y parajes concretos, son el soplo primigenio y la savia que nutre los 53 poemas de “Dolor de Ausencia”.

El poeta divide el libro en tres cuerpos (1.- “El tiempo y los lugares”. 2.- “Invitación al sueño y la llanura”. 3.- “Poemas con ausencia”) relacionados entre sí por ese hilo conductor referido al final del parágrafo anterior. Al conjunto que forman estos tres sectores le precede el poema “Evidencia”, como “A modo de preludio”, como obertura que antecede al corpus libri. En la primera estrofa leemos: “Si no rememora aquel paisaje, / si su raíz no fuera mi memoria / desde el pulso tribal de la armonía / y el tiempo y los lugares se abatieran / en este humano cuerpo que me habita, / dejaría mi verso de ser mío / y yo de ser su pulso de mañana”.// (p. 11) Finaliza el poemario también con un poema “La sociedad era distinta”, compendio o recapitulación que Nicolás titula “A modo de epílogo”: “Vuelvo al ayer, al escenario antiguo, / cuando los personajes dibujaban / con su armonía el peso de la calle, / la forma del amor sobre un altar / humano y convivente. // (…) Vuelvo al ayer y, tras mis pasos, noto / cómo agosto se crece en la cosecha”.// (p. 107).

Quizás el viajero que rompe, que olvida su pasado, quedándose sólo con un presente inestable, sin consistencia, amorfo, ignore o mantenga emparedado en su mente que “el presente se forma del pasado, asegura Henri Bergson, y lo que se encuentra en el efecto estaba ya en la causa”. Ciertamente sólo el tiempo actual no tiene la energía suficiente para cimentar firmemente a esas décadas que aún ni siquiera se concibieron, que todo lo desconocemos de ellas. “No, no tienen concierto los mañanas / si los ayeres no alimentan / los años que nos faltan por venir” (Del poema “El deseo de la rosa”, p. 23).

En la segunda parte, Nicolás evoca al Quijote, a determinadas personas y lugares que tuvieron una relación directa con El Caballero de la Triste Figura, así como a su tierra castellana-manchega, a la que el poeta cada día ama más y la tiene sobre un altar en su corazón. En su soneto “Convocatoria” leemos: “Acércate a mi tierra, compañero, / acércate a gozar de la llanura, / acércate a la blanca arquitectura / que da ritmo al color… (…) Acércate a la Mancha, amigo mío”.// (p. 73).

Los poemas del tercer tramo del libro están dedicados a poetas-escritores y pintores, ya desaparecidos, amigos de Nicolás (Vicente Martín, Ángel Crespo, Benjamín Palencia, Eladio Cabañero. Francisco Vela Siller, Francisco Creis y Rafael Requena). “Estaba la ilusión, el universo / infantil, el amor al paisaje y a la tierra, / el niño que se asoma a las virtudes / con las que el diccionario le despierta. // Crecía el hombre, el académico, / feliz de ver el mundo en Alcolea”.// (Del poema “Ángel Crespo y la Cuesta del Jaral”). Precisamente en una finca de la familia del poeta realense Ángel Crespo, ubicada en la Cuesta del Jaral del pueblo manchego de Alcolea, éste escribió gran parte de su obra.

Nicolás del Hierro (Piedrabuena, Ciudad Real, 1934) reside en Madrid desde hace 20 años. Escritor polifacético, esencialmente poeta, hace de la literatura un ejercicio entrañable, tanto en verso como en prosa. Colabora en prensa diaria y revistas especializadas de España, Europa y América. Fue fundador de los pliegos poéticos “Tolva” y cofundador de los de “Al Vent”. Tiene publicados diez libros de versos: “Este caer de rotos pájaros” ”Profecías de la guerra”, “Lejana presencia”, “Muchacha del Sur”, “Cobijo de la memoria”, “Lectura de la niebla” y/o “El latir del tiempo”..., por citar sólo algunos, y dos antologías de los mismos.

Ha publicado también dos libros de relatos y tres novelas, la última de las cuales, “El oscuro mundo de una nuez”, apareció en esta misma Editorial y fue distinguida con el Premio de la Crítica de Castilla-La Mancha 2004.

El Frente de Afirmación Hispanista A.C., (México D.F.) publicó una Antología de su Poesía Cósmica, compartiendo el volumen con José Hierro.

Está en posesión de casi un centenar de premios literarios, pero la distinción que más estima es la que elevó en acuerdo el pleno del Ayuntamiento de su pueblo natal al crear, el 17 de abril de 1997, un premio con su nombre para galardonar un libro de poemas, que ya ha superado la 9.ª convocatoria. Es uno de los tres firmantes que fundaran la Asociación de Escritores de Castilla-La Mancha, en la que ocupa su Vicepresidencia, desempeñando este mismo cargo en la Asociación Castellano-Manchega de Escritores de Turismo.

Es, pues, este libro de Nicolás del Hierro un regalo, tan humano y resplandeciente como mágico y emotivo, en estos tiempos de ramplonerías y envidias, de hipocresía y ninguneos… Gracias, Nicolás, y enhorabuena a Ediciones Llanura por ese continente precioso y loable, en donde palpita serena y airosamente la palabra luz del poeta.