VIRTUDES
Un nombre de mujer
Juan Luis PINTO DOBLAS
Prólogo de Inmaculada Jabato
Edición de autor. Málaga, 2004. Págs. 120

 

 

La lectura de un buen libro proporciona una de las mayores satisfacciones que puede sentir el ser humano. Dice Amélie Nothomb que la lectura es “el lugar privilegiado de la admiración”. Ciertamente Juan Luis Pinto Doblas logra, con este su primer libro, que el lector considere con estima o agrado especiales la trama del mismo, la cual llama su atención constantemente por sus cualidades extraordinarias. Sin duda, “Virtudes. Un nombre de mujer” es un libro tan delicioso que es capaz de complacer al lector más exigente. Con una sorprendente dote de creatividad literaria, su autor se introduce en el personaje principal, un niño de doce años - Fernando -, quien, ya en la madurez, evoca página tras página sus propias vivencias y experiencias correspondientes a un corto periodo de su infancia, narrándolas con una naturalidad, sutilidad e ingenio extremos.

Obviamente Juan Luis escribe a sabiendas de que lo que se siente no puede separarse de lo que se piensa. Ello le lleva al escritor a crear su novela, actividad esta basada en el equilibrio esencial de la narrativa más sublime, consolidando en dicha estabilidad un método específico de construcción literaria, las estructuras y los contrastes lingüísticos necesarios para la exposición, así como el potencial catalizador y preciso y acertado que surge, con rigurosidad, de su psique. La prosa del autor malagueño es el lugar más idóneo y, por ende, productivo de la escritura, de una escritura sin ataduras a lo habitual, libre, una auténtica labor literaria que rompe moldes e imaginaciones oportunistas, aunque se encuentren fuera del marco de la literatura novísima.

La voluntad de escribir de Juan Luis se manifiesta en toda su obra creativa como una novedad aperturista de lo más peculiar, desmoronando cualquier constricción al uso.

Pinto Doblas divide su novela en siete capítulos: “La llegada”, “De la timidez a la amistad”, “Las mujeres de mi vida”, “De la alegría a la tristeza”, “En la ausencia”, “El fin del verano” y “Todo tiene su final”.

Inmaculada Jabato, periodista malagueña, nos refiere en su magistral exordio, entre otras ideas y conceptos, pensamientos y reflexiones, que “desde sus primeras páginas la historia de Fernando, el niño protagonista, nos atrapa en lo que tiene de común con todos los niños de su tiempo, pero también de todos los tiempos. Igual que Virtudes, la mujer protagonista, lo hace con todas las mujeres como ella, de su tiempo y de todos los tiempos, porque no hay nada que diferencie los sentimientos idénticos en cualquier momento de la vida”.

La narración transcurre en un barrio “sencillo, humilde, pobre, sí, pobre, ésa es la palabra exacta”, de Málaga (España) durante el verano de 1950. Bien pudo ser en el de Capuchinos, o en el del Perchel, o en el de la Trinidad, o en el de Huelin… Aunque no fue aquél un estío prolífico en eventos socioculturales, cito, entre los más significativos, los siguientes: se celebra en la Sociedad Hidroeléctrica del Chorro el homenaje a don Carlos García, gerente de dicha Sociedad, imponiéndosele la medalla de plata de segunda clase al Mérito en el Trabajo; Málaga rinde tributo de cariño y admiración a doña María Lafuente, eminente profesora y concertista, con un homenaje en el Conservatorio; los niños y niñas de las escuelas gratuitas de Málaga organizaron, bajo los auspicios de la Inspección de Primera Enseñanza, un homenaje al ilustrísimo señor obispo, don Ángel Herrera Oria. Consistió éste en la entrega de un bellísimo breviario con una sentida dedicatoria dibujada a pluma por don Andrés Sepúlveda Domínguez. El acto resultó solemne y a él asistió todo el Magisterio; Alfonso Canales publica su libro “Sobre las horas”…

La dictadura franquista continuaba echando raíces y frutos podridos por todas las tierras de España. No había trabajo ni vida para la gente de buena voluntad, sólo para las babosas y alimañas adictas al régimen totalitario. La pobreza, y todo lo que ésta conlleva, consumía a un pueblo que anhelaba vivir, pero no lo dejaban; a un pueblo machacado, triturado, por la política autárquica reinante y por los fanáticos siervos del dictador; a un pueblo que tenía la mente bloqueada por los sufrimientos y el dolor y la ausencia de libertad…, el corazón roto en siete mil pedazos, la boca y los oídos tapiados, los ojos aún con lágrimas y la mirada perdida, el estómago vacío… Mucha gente emigró, desde la victoria de los golpistas hasta bien entrada la década de los 50, a Hispanoamérica en especial a Argentina y México. Posteriormente otra parte de él marchó a países centroeuropeos…

En el verano del 50 llegó Virtudes a Málaga, al barrio de Fernando, procedente de su pueblo norteño: Tamarca del Valle. Una joven bellísima y “de treinta o treinta y muy pocos años”. Ante la presencia de la mujer, el vecindario continuó su vida menesterosa, crucificada, monótona…, sin caminos ni horizontes, pero la del niño cambió radicalmente.

Un buen día, Fernando descubre que hay algo más allá en la vida, su vida, que su familia, sus amigos y sus juegos de niño. A partir de ese instante, que coincide con la llegada de Virtudes a su barrio, todo cambia y se ve inmerso en un mundo de nuevas sensaciones, deseos y emociones que le transporta ahora a estados de euforia, ahora a estados de melancolía y frustración, para él hasta entonces desconocidos. La causa: Virtudes, una mujer muy avanzada para su época, que vive una inusual independencia, quizás forzada por las circunstancias, y que descubre a través de Fernando un nuevo horizonte en su vida, el cual le empujará a retornar a un pasado en el que había dejado demasiadas cosas sin cerrar, y, al mismo tiempo, le ayudará a elegir un rumbo definitivo e inesperado.

El propio Fernando nos dice, en la introducción que antecede a la obra, que “a lo largo de mi vida, llena de sentimientos y emociones, jamás llegué a vivir algo parecido. Quizás por mi edad, por las circunstancias del momento. Quién sabe. Pero lo que nada puede cambiar es que aquel verano fue único. El que marcaría mi vida para siempre. El que me haría cruzar, antes que todos mis amigos, las lógicas barreras que, por la edad, te marca la naturaleza. El que me hizo sentir como niño y desear como hombre”.

“Virtudes. Un nombre de mujer” es una novela que merece la pena leerla detenidamente. Una novela en la que se conjuga una gran variedad de planteamientos y registros, formas y sentimientos… impregnada de belleza, perspicacia y sensibilidad. Una novela elaborada con pericia y profesionalidad exquisitas, sorprendentes, que le proporciona al lector un testimonio muy esclarecedor de una época de la vida malagueña, española, que aún llevaba en su sangre - y la llevaría dos décadas y media más - la herida sangrante de una villanía, de una traición al pueblo español.

La savia literaria de “Virtudes. Un nombre de mujer” ensambla, intencionadamente, al autor con el lector, y viceversa, lo cual contribuye a incrementar la luminosidad y la sustancia vital de la comunicación mental entre ambos. Conexión íntima que favorece la catarsis, sin tiempo ni espacio, que los fusiona psíquicamente al compartir uno y otro la esencia de la obra desde sus raíces más profundas.

Juan Luis Pinto Doblas (Málaga, 1957) desarrolla su vida profesional en el mundo de la industria turística, donde realiza tareas de dirección y gerencia desde mediados de los años 80. Gran amante de la lectura, su afición por la escritura comienza desde muy joven, alternándola con su agitada vida profesional. Tiene escrito poemas, cuentos, obras breves de teatro y guiñol para niños. En la actualidad colabora como articulista en diversos medios de comunicación. “Virtudes. Un nombre de mujer” es su primera novela publicada, que el propio autor define como “una reflexión sobre la pérdida de la inocencia y del maravilloso mundo de la niñez de que nunca deberíamos desprendernos”.