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EL TRIUNFO DEL AMOR
TREINTA
CARTAS A ZELAIDA “Treinta Cartas a Zelaida” es la segunda parte de la obra “Zelaida, amor y muerte en la sierra de Montefrío, 1924”, ambas del autor montefrieño, afincado en Madrid, José Ávila García. La primera parte de esta obra incluye, además de la vida, amor y muerte de Zelaida y de su amado Miguel, “La Canción Popular en Montefrío durante el s. XIX”. “Las gentes que nunca se preocupan, refiere Edmund Burke, por sus antepasados jamás mirarán hacia la posteridad”. José Ávila sí que puede mirar de frente al hoy y al mañana, porque es una constante en él darnos a conocer el pasado de un pueblo, Montefrío, su pueblo, y el de ciertas personas que nos precedieron. El libro que hoy tengo en las manos está dividido en cuatro partes: “30 cartas a Zelaida”, “La vida y obra de Valentín Pellejo”, “Dos actuaciones judiciales controvertidas” y un “Glosario” “con más de 1500 expresiones de nuestros abuelos”, según palabras textuales del propio autor. (En dicho “Glosario” encontramos también la acepción más característica de las palabras, hoy en desuso, que aparecen, en cursiva, en las misivas que componen la parte fundamental del presente libro, así como en la narración “Valentín Pellejo. Su vida y su obra”). El presente libro nos acerca a una época del pasado de Montefrío, concretamente al primer tercio del s. XX, en especial a la década de los años 20, conocida en el orbe occidental por la “Belle Èpoque”. “Un pueblo que no conoce su historia, manifiesta Helmut Kohl, no puede comprender el presente ni construir el porvenir”. El principio y fin de la razón de existir de esta obra es el ser humano, en su pureza más íntima, y para su artífice, el indagar, investigar en el pasado de su tierra natal para encumbrarla aún más, desde su historia, y para que ésta sea conocida y amada por los que hoy caminamos por el tiempo y por los que lo harán mañana, ya que es imposible amar sin conocer, y cuanto más hondamente conozcamos... más y mejor amaremos Asimismo, el propósito de José Ávila al crear este libro es también el de darle más esplendor al sentido de la vida, por donde camina y crea. La receptora de estas cartas es la joven cortijera Zelaida, que a los 17 años, como ya ha quedado asentado, murió de amor en Montefrío en el otoño de 1924, “a la manera en que lo hicieran Isabel de Segura, Melibea o Julieta”, tras la desaparición, en un corrimiento de tierras, de su amado Miguel. En “30 Cartas a Zelaida”, el “corpus libri”, la erudición y la imaginación, los sentimientos y la autorreflexión, los valores humanos y literarios... del escritor, como principios básicos de su poder creativo, se fusionan con la belleza y el misterio de la poesía y de la mitología clásica, lo cual le da a estas “cartas” una magnificación o exaltación literaria sumamente valiosa, per se, y enriquecedora para el lector de siempre. El libro está escrito en una prosa eficaz, directa y culta, perfectamente elaborada y con certeras imágenes literarias, gracias al virtuosismo estético de su autor, ornada, además, con una adjetivación sorpresiva y puntual. Las tres primeras partes del libro están expuestas con un lenguaje formal y circunspecto, claro y formativo, que mana de la habilidad del escritor que es capaz de enlazar lo abstracto del pensamiento con situaciones concretas acaecidas en un periodo de tiempo determinado e identificado con rigor histórico. En ellas nos hallamos con un sinfín de términos arcaicos, como ya expresé anteriormente, en la actualidad en desuso, pero que al introducirlos el autor en su obra hace que el lector se identifique, con más intensidad y hondura, con la vida de aquella época y con las personas que la vivieron. La planificación de los hechos, la estructura y el procedimiento narrativo de los mismos, el análisis exhaustivo y profundo de lo relatado en cada carta, la firme consistencia de las ideas mostradas y de sus derivadas, el hilo que conduce dicha exposición... solean y enaltecen aún más esta obra ya de por sí sublime, la cual nos permite ver el pasado y el presente con una óptica global y, al mismo tiempo, en parcelas impregnadas de lógica formal, de madurez toda plasticidad, de nuevos horizontes... al más puro estilo juanramoniano. El autor en estas “30 cartas a Zelaida”, nombre hipocorístico sui géneris de Adelaida, le va narrando a la guapa cortijera que habita, desde hace décadas, en el paraíso por Dios prometido al género humano, cómo se encuentran en este primer decenio del siglo XXI las tierras, los campos, los cultivos, la sierra..., en donde vivió y que tan perfectamente conoció y que tanto amó. Asimismo, intenta, con su creación literaria, actualizarla, es decir ponerla al día sobre el cambio de hábitos y costumbres que, con el paso del tiempo, se ha ido produciendo en las gentes de estos lares y en la propia vida que palpita en ellas y en ellos, la misma que no cesa de progresar para bien de los hombres y mujeres de hoy y de mañana, aunque a veces, todo hay que decirlo, se generan y se incrustan en este desarrollo vital e imparable acciones, omisiones, situaciones no deseadas. José Ávila, con la profesionalidad y el genio y el poder de atracción del buen narrador, contrasta, pues, el presente con aquella época pretérita. En la segunda parte de esta obra, José Ávila nos ofrece una síntesis, con una calidad literaria encomiable, con minuciosidad y realismo paradigmáticos, del Montefrío cortijero en los primeros años del s. XX y una parte de la vida y de la obra de Valentín Mata Mesa, más conocido por Valentín Pellejo, poeta rural, campesino y analfabeto, pobre y tímido, que nació en Montefrío en la última década del s. XIX y falleció en 1937. Tanto en vida como en los años posteriores a su muerte fue un mito para las gentes de los Montes Occidentales granadinos y de poblaciones limítrofes cordobesas, como Priego o Almedinilla. Para concluir, expresaré que en estas “30 cartas a Zelaida” el amor, en toda su grandeza, está coaligado, fusionado a la victoria. Nuestro yo se acopla a la perfección con el del autor y, por ende, con el de la cortijera joven y hermosa a quien van dirigidos estos 30 besos, como 30 paraísos perennemente en flor. Zelaida recibirá, con suma emoción incontenida, se halle donde se halle, el amor que ya le tenemos todos, desde que la conocimos, gracias a José Ávila García. Este amor es tan puro y luminoso, inmenso y generoso como el que le profesa eternamente su amado Miguel. Amor que brota con alegría y delectación, como río de aguas cristalinas, cantoras, del corazón de cada uno de nosotros. José Ávila García nació en 1934 en Montefrío. Pueblo que dejó de ser su residencia habitual a los 12 años. Durante las décadas de los 50 y 60 colaboró en diversas publicaciones literarias y compartió en Madrid amistad y copas con Ángela Figueras, Gabriel Celaya, García Nieto, José Hierro, Fernando Quiñones y Félix Grande, entre otros, en las tertulias literarias, a las que Ávila era asiduo, que dirigía Rafael Montesinos en el entonces Instituto de Cultura Hispánica. En 1954 obtuvo el primer premio de poesía del Diario “La Tarde”, de Málaga. En los años 55 y 56, cumpliendo el servicio militar en las que fueron colonias españolas del Golfo de Guinea, Fernando P y Río Muni, figuró en la plantilla de redactores del periódico “Ébano” y dirigió la revista de información colonial “La Guinea”. En 1958 fundó en Madrid la Asociación Universitaria de Amigos del Cante Flamenco. Un año después organizó y presentó el Primer Certamen de Cante Flamenco de Montefrío. Ha publicado los libros “Es lo que queda” (1959), “Montefrío durante la II República” (1995), “Preludios de Montefrío” (1997), “ Zelaida, amor y muerte en la sierra” y “La canción popular en Montefrío durante el s. XIX” (2002) y “Semblanza de un cantaor y memorias flamencas” (2003). |
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