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UN ÁNGEL DEVASTADO
MUERTE EN
PERSIA
“Muerte en Persia” (“Tod in Persien”) es la primera obra traducida al castellano de la escritora suiza Annemarie Schwarzenbach. Un nuevo éxito de la editorial catalana Minúscula S.L. que ha apostado fuerte para que este libro, una alhaja de la literatura universal, llegue al lector, permitiéndole a éste adentrarse por los infinitos vericuetos y hondones más recónditos del espíritu del mismo, que es, en definitiva, el alma atormentada, indomable y aventurera de su autora. Annemarie Schwarzenbach (Zurich, 1908-Sils, Engadina, 1942) nació en el seno de una familia suiza de acaudalados empresarios textiles sumamente conservadores. Dado el carácter inconformista y rebelde de la escritora, la relación que durante su corta vida mantuvo con sus progenitores, en especial con su madre, Renée Wille, estuvo marcada por tensiones y conflictos graves y continuos. Dos mujeres en órbitas distintas. Una mujer, Renée, que no conoció a su hija ni supo tratarla. Una niña, una adolescente una joven mujer, Annemarie, física y psíquicamente frágil en exceso, vulnerable y encantadora, con unas inquietudes existenciales y una sensibilidad extraordinarias, arrolladoras. Una mujer, Renée, tan dominante y posesiva que, recién muerta su hija a la edad de 34 años, destruyó la mayoría de los escritos de la joven. Una chica bellísima, Annemarie, que nunca pudo abandonar las redes subyugadoras de una madre egoísta, con un físico más propio de esta primera década del siglo XXI que de su época, lo cual unido a su lesbianismo públicamente aireado y a su característico peinado a lo garzón, hacen pensar y aseverar a muchas personas, que se relacionaron con ella o que en nuestros días la contemplan en fotografías, que le aprecian facciones andróginas. Su homosexualidad femenina era evidente y conocida por quienes la trataron a mayor o menor profundidad. La escritora Carson McCullers estuvo perdidamente enamorada de Annemarie, y como un signo de este amor pasional le dedicó su novela “Reflejos en un ojo dorado”. La educación que recibió Annemarie por parte de su madre, hija de un comandante en jefe del ejército, estuvo marcada en muchas facetas por el autoritarismo y la rigidez y el despego, como si de un varón se tratase. Quizás de ahí arranque la melancolía y la desventura y el desamparo que estigmatizaron la psique de la joven suiza y por ende sus escritos, entre ellos, “Muerte en Persia”, obra de una tristeza impresionante, dedicada “a la vida errante y a la ausencia de esperanza”. En 1930 conoció a Erika y Klaus Mann, los hijos mayores de Thomas Mann, con los que entabló una amistad íntima y complicada. El propio autor de “Muerte en Venecia” y “La montaña mágica” dijo sobre ella que era “un ángel devastado”. Al contemplarla en fotografías la vemos extremadamente delgada y de una belleza sublime, impactante, pero una beldad con unos rasgos faciales de gran aflicción y abatimiento. El poeta Roger Martin du Gard, que bien la conocía y la admiraba, manifestó al referirse a estas huellas perennes de amargura, desesperanza y miedo en “su bello rostro de ángel inconsolable”. De 1931 a 1933 vivió en Berlín, donde comenzó a escribir relatos y novelas y a movilizarse contra el nazismo. Doctora en historia, arqueóloga y reportera, entre 1934 y 1941 emprendió innumerables viajes por Asia, Africa, Europa y EE.UU., la mayoría en automóvil con amigas fotógrafas o escritoras, como Marianne Breslauer o Ella Maillart. En 1934 y 1935 estuvo en Irán varias veces espaciadas sólo por dos o tres meses. En una de ellas, la tercera, 1935, estuvo en Teherán. Estaba recién casada con el diplomático francés Claude Clarac, al que conoció en la segunda visita que hizo Annemarie a Persia. Maillart, también amante de los viajes, - en 1939 acompañó a Annemarie desde el país natal de ambas a Afganistán, recorrido que hicieron en automóvil -, nos dejó escrito este comentario sobre su compañera: “Escogió la vía complicada, la vía cruel del infierno”. Tal vez nunca pensaron las literatas helvéticas que quien se complica la vida se la enriquece a sí mismo y a los demás. Maillart en su libro “La voie cruelle”, - publicada en castellano por Timun Mas, 1999 -, nos narra las vivencias y vicisitudes, sensaciones y emociones que ella y Annmarie, - Cristina en dicha obra -, experimentaron durante el trayecto a Kabul y la estancia de las dos trotamundos en la capital afgana. “Creía en el sufrimiento, escribe Maillart en la narración antes aludida. Lo veneraba como la fuente de toda grandeza”. También Annemarie escribió una serie de artículos sobre este viaje en concreto. Más tarde se recopilarían en el libro “Alle wege sind offen. Die reise nach Afganistán. 1939 - 1940”. Dicha obra fue traducida al francés con el título “Où est la terre des promesses?”. Payot, 2002. “Muerte en Persia” fue escrito en 1935 / 36. La propia autora al referirse a esta obra, que recoge varias etapas de sus visitas a Irán y la correspondiente a su estancia en Moscú, la denomina como “diario impersonal”, pero de “diario” tiene poco y de impersonal, nada. El libro es una mezcla ciertamente confusa de diversos estilos narrativos tales como la crónica de viaje, el relato, el diario, la ficción y la autobiografía. Formas estas que Annemarie fue hilando unas con otras sin tener en cuenta, en la mayor parte de su narración, el elemento cronológico. Al fin y al cabo esta alteración de los estratos temporales no influye, en absoluto, en la trama o nudo de este legado impregnado, en muchos de sus compartimentos, por el factor psicológico. De esta reflexión última, al conjuntarla con la personalidad neblinosa y selvática o desértica de la escritora como producto de una educación austera, envarada, con severa inclinación a la dependencia de la educada hacia la educadora, se comprende perfectamente ese calificativo de “impersonal” que ella misma le daba a su narración. “¿Qué busca en Persia?”, le cuestionó un buen día Malraux. Ciertamente lo que buscó Annemarie en Persia fue incrementar su melancolía con la propia tristeza de este país asiático para olvidar lo que nunca pudo desterrar de su alma: el recuerdo de sus años en Zurich, la dependencia hacia su madre siempre en su memoria y el calor de un hogar. Esto le produjo una ansiedad constante que acrecentaba persistentemente el ya de por sí gran caudal de sus miedos y obsesiones. Asimismo, Persia, que acogía su tortura, le entregaba todo aquello que ella creía que necesitaba para contrarrestar la fuerza cada vez más poderosa de “su mal”. Por ello, su agitada vida estuvo marcada por la adicción a la morfina, intentos de suicidio, graves crisis mentales, desafortunados amores lesbios..., y como común denominador una búsqueda desesperada de la felicidad que nunca encontró. Su camino, de repente, se eclipsó y ella con él en 1942, como consecuencia de una caída de bicicleta. 34 años duró su cortísima vida. 34 años duró su larguísimo calvario. “Muerte en Persia” no es un libro como tantos y tantos que hay hoy en día en el mercado. “Muerte en Persia” penetra hasta los hondones más íntimos de nuestro ser y, desde sus simas profundas, nos llega la propia voz de Annemarie, un grito desesperado y terrible, descarnado y doloroso: “¡Dejadme sufrir!”. Y sufrió porque la lanzaron a los abismos del sufrimiento. Y se atormentó porque crearon en ella el manantial del tormento. Y deseó morir varias veces en su vida porque, aunque nació como una niña feliz cualquiera, la educación que recibió y que la desequilibró y la destrozó para toda su efímera existencia estaba tan muerta como quien la educó. |
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