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HISTORIA DE UN HOMBRE
DIOS SE HA IDO
Javier Garcia Sánchez (Barcelona, 1955) es autor de una veintena de obras en prosa, entre otras “La dama del Viento Sur” (Premio Pío Baroja, traducida en Estados Unidos y acogida con gran entusiasmo por la crítica: “Novela de atracción en ocasiones hipnótica”, The New York Times; “trata con destreza un asunto tan subjetivo y delicado como éste”, Publishers Weekly), “Última carta de amor de Carolina von Günderrode a Bettina Brentano”, “El mecanógrafo” (Premio el Ojo Crítico de RNE), “La historia más triste” (Premio Herralde de novela), “El Alpe d´Huez”, “La vida fósil”, “La mujer de ninguna parte”, “Los otros” (“un modelo de habilidad narrativa, una novela redonda”, Lluis Satorras, Babelia / El País, traducida en Inglaterra y Francia y llevada al cine con el título “Nos miran”) y “Falta alma” (“novela de brillo especial, llamada a perdurar sin lugar a dudas”, Lola Beccaria, ABC). Con la presente obra literaria “Dios se ha ido” obtuvo el Premio Azorín 2003. Esta nueva novela de Javier García Sánchez, además de ser uno de los soles más carismáticos de la narrativa de todos los tiempos por su calidad literaria manifiesta, es de una actualidad plena, desbordante. Tan es así que su protagonista puede ser cualquier hombre de mediana edad que habite hoy en día en una ciudad o pueblo de nuestro país o de otro cualquiera, incluidos los demás personajes, siempre que en él palpite y se desarrolle la denominada cultura occidental. Asimismo, “Dios se ha ido” posee el don de la intemporalidad, es decir, podemos traspolar todo cuanto su autor nos comunica a un hombre de siglos venideros, fundamentalmente en lo relativo a los sentimientos, a los triunfos, los menos, y a los fracasos, los más, que estigmatizaron y fueron forjando el universo interior del protagonista y por ende su vida privada, profesional y de relación con sus semejantes. Un hombre que en su juventud creyó a pie juntillas que iba a cambiar el mundo, desde sus pensamientos inconformistas, rebeldes, marcadamente revolucionarios, pero nunca desde la acción por no dañar a otras personas de su entorno o de fuera de él y por su querencia a no involucrarse en nada que lo sacara de ese camino cómodo, afectivo y sin obstáculos insalvables, por donde transcurría su joven existencia. No olvidemos que en muchas, en demasiadas ocasiones de la juventud reaccionaria se desprenden esporas que serán, con el paso del tiempo, el origen de castas conservadoras. El alma de la narración es un hombre común y corriente, con un trabajo fijo, con un confortable hogar, casado con una amiga de sus años de adolescencia, el gran amor de su vida, - también ella disfrutando de un puesto de trabajo fijo -, con tres hijos maravillosos - dos varones y una hembra -, con una sexualidad bastante aceptable tanto por parte de él como de ella, con un hobby que le apasiona, el ajedrez, con buenos amigos..., pero atrapado en las redes de la más espantosa rutina cotidiana, lo cual, cada vez que reflexionaba sobre ello, - procuraba hacerlo de tarde en tarde -, un oleaje furioso y devastador le sacaba a flote su insatisfacción total por la vida monótona en extremo que latía en su mente y en su sangre. Poco a poco el matrimonio se fue distanciando, aunque él jamás dejó de amar a Claudia, su mujer, y a sus hijos. Mas llegó lo inevitable: “la resolución lógica, casi siempre traumática para una de las dos partes en liza”. Ese momento en el que ambos cónyuges no tienen nada que decirse, nada nuevo que aportar a su entrega diaria para que esa relación de pareja no naufrague, no se volatilice, porque muchas veces donde hubo amor no queda de él ni siquiera las cenizas. Presente en uno o en los dos la niebla densa y perenne del cansancio y del aburrimiento en su relación de pareja, aparece en ellos la necesidad de buscar otro camino, otra persona para compartir con ella su vida. Pero nuestro hombre, aunque continuamente tragaba la amargura del desamor, nunca se atrevió a hollar otras sendas, a intimar con otras mujeres que pudieran arrebatarle la “nada” que poseía. Sus fantasmas, sus miedos y temores se agigantaron. “Ahora estoy solo. Estar solo es la verdadera muerte. Cuando la muerte ha vencido a la vida que, sin embargo, sigue su curso. En apariencia”. El lector se encuentra con un hombre que anhela, inconscientemente, por encima de todo, que cada día sea diferente a su predecesor y al que le sobreviene. Diferencia esta que se traduce en un deseo vehemente de sentir y saborear, cada jornada, emociones y sensaciones nunca experimentadas, de descubrir sorpresas jamás halladas, de crear lo no creado, de satisfacer sus propias insatisfacciones y la de los demás..., sintetizando: un hombre que ansía enfrentarse cada día a un renovado misterio, a algo nuevo y desconocido que lo saque del pozo, en donde se vive por vivir, pero sin mover ni siquiera un dedo para conseguirlo. Al mismo tiempo que de su inconsciencia sale volando esa paloma que anida en los hondones de su ser, él la abate con el rifle de sus aprensiones y pavores, y a todo aquello que, de una forma u otra, pueda cambiar, perturbar e inquietar su navegar sin sentido en el navío fantasma del tiempo. En definitiva, nuestro hombre, cuando se sincera consigo mismo, lo que quiere es, simplemente, “ir tirando” sin más. Sabe que su cerebro y sus idas y venidas, sus afanes por mejorar y sus pensamientos están anquilosados, y lo que es peor aún: se halla sin fuerzas ni ganas para salir de ese estado comatoso y demoledor en el que se encuentra por voluntad propia. Por ello, de su manantial consciente sólo fluye, adrede, una vida impregnada de hastío y tedio, salpicada de vez en cuando por alguna que otra alteración insustancial. Él mismo nos dice: “porque todos nos creemos diferentes, si no destinados a algo grande o al menos especial. Y así hasta que de nuevo irrumpe ella, la vida, siempre traidora, casi siempre decepcionante, para demostrarnos que apenas nada era como imaginábamos”. ¿Ignora nuestro hombre que no es la vida en sí la que lo apuñala por la espalda, la que desgarra su alma, la que lo desilusiona, la que lo desespera..., sino su propio ego empapado de prejuicios y cerrado a cal y canto, así como su rechazo a todo lo que le llega del exterior, sea de la índole que sea? El protagonista es de esa estirpe de personas, - individuos que abundan por doquier -, que no quiere complicarse la vida, ni comprometerse con nadie ni con nada que pueda en un momento determinado embrollársela y entorpecérsela, en definitiva, dificultársela. Estos seres humanos, que no arriesgan nada y nada pierden, prefieren vivir encerrados en la concha de su cobardía y de su subestima, de sus manías y de sus obsesiones. Son personas introvertidas, pusilánimes, que prefieren ahogar sus más nobles sentimientos ante el temor de que éstos puedan abrirle un nuevo camino que no es el suyo, el de toda su vida. Estos seres son vástagos de la contradicción más pura y enconosa, más terca y exacerbada. Odian la soledad y, sin embargo, se conforman con lo que son: seres solitarios. De esta contradicción nacen, se desarrollan y se activan todas las demás. Ésta es, en definitiva, la vida de un ciudadano de a pie, la historia de un hombre común, abismado en su soledad, desde donde no espera nada de la vida porque, sinceramente, nada sembró en ella. Un hombre de mediana edad que le aterroriza volver a empezar, porque hace tiempo que dejó la siembra de ilusiones, y está en esa edad en que ya se viene de vuelta, incluso de la esperanza. En esa difícil edad en la que ya no cree en las flores ni en sus fragancias, ni en las palabras dulces, ni en una soleada convivencia de cielo azul y mar serena, ni siquiera en esos merecimientos por los que tanto luchó años atrás. “Dios se ha ido” es una narración magistral y de todos los tiempos, escrita por la genialidad de un hombre, Javier García Sánchez, que posee el don de los escritores imperecederos, inextinguibles, porque sus creaciones literarias llevan marcadas en sus entrañas la gracia de la inmortalidad. |
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