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PENA CAPITAL
“La pena de muerte es una aberración
monstruosa e infame del corazón o de la
comunidad que la ansía, la aprueba, la
permite o la sustenta”.
CARLOS BENITEZ VILLODRES
“Tan viles y despreciables por inhumanos
son los defensores de la pena capital como los
que viven indiferentes a ella o no se manifiestan
en contra de su existencia”.
CARLOS BENÍTEZ VILLODRES
El alma entera se cubre de escalofríos. Se precipita el cuerpo
como entontecido sobre la multitud de gritos
desgarrados que remueven la sangre del mundo, desencadenando
en sus veneros torbellinos de ira, aflicción
y rechazo. Todos los cielos sin mirada de asesino dejan caer luces
de dura condenación. Pero muchos pueblos, muchos seres
humanos, muchos tribunales supremos,
en coherencia con su tajante crueldad
amamantada por leones hambrientos de justicia
inmóvil, salvaje e injusta, no detienen, no destruyen
el expreso del asesinato legal, abarrotado de hachas
despiadadas, ni el tormento que albergan las mismas
en su corazón sin corazón condenado a ser un silencio más
dentro de la ciudad de los muertos asesinos y asesinados,
donde las tinieblas suenan a vacío, la sequía
de la obsesión y de la venganza, a cenizas ciegas
y sin nombre y el odio de los vivos..., a abismo tenebroso.
La inexorable tempestad de lo irracional arrastra, con sus zarpas
gigantescas, a estos fantasmas del crimen siempre maldito
a la última estancia del corredor de la muerte
bajo las alas sin reposo de un aire
tan enrarecido como sombrío que huele a guadañas y a cerebros
hechizados por la necedad de unos rayos
que conjuga fría e inhumanamente la tiranía
ciega de la razón y de los pensamientos consagrados al exterminio
con el asesinato por los poderosos dioses programado.
En la ya quebrantada salud de una gran parte de este mundo
petrificado y con identidad de venganza y de muerte,
el hermoso latido de la vida no penetrará nunca
más en la mirada gélida de estos seres humanos, alimañas
endemoniadas sobre las que gravitará más allá
de la palabra transparente, de la luz y del universo,
bajo la quietud de la soledad jamás vencida, la sangre
inocente de unas primaveras que fueron arrancadas de raíz,
mientras caminaban por las sendas de la sonrisa,
que siempre nos alienta, nos besa, nos guía, nos escucha...,
en pleno mediodía de un verso todo impregnado de esperanza.
Pero..., ¿qué corazón, qué pueblo puede diariamente proveer
y avivar el fuego del asesinato legalizado?
Sólo otro criminal como los que ya murieron o como
los que aún viven pero huelen a muerto.
Conmigo traigo la fuerza, que el amor y la palabra
levantan en alto, para que la miseria y el ocaso
soberano de esas almas, acunadas por la insensatez del que asesina,
destierren de sus mundos las leyes de negras entrañas
capaces de hundir, en las simas sin principio ni fin
de la nada, a esos seres que un día se transfiguraron en bestias
para saciar su hambre irracional de odio, de sangre y de muerte.
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