COMO EL AIRE LIBRE
 


“Quien deja de caminar da cobijo y nutre, bajo su
caparazón de brumas, a la más espantosa monotonía”.
                                       C.B.V.

 


Ocupo un lugar en la vida
donde las ataduras, las soledades y las confusiones
van y vienen, como los humanos,
entre injurias y gritos, envidias y hambre de sonrisas…

Yo, como tú, sin banderas desplegadas,
participo al aire libre,
sobre las arenas ennegrecidas del tiempo,
para conseguir satisfacciones, dulces
perfumes y besos sin armaduras para los hombres
y mujeres que combaten contra los devoradores de amapolas,
y para aquellos otros viajeros que nunca acariciaron una mirada
tierna y tal vez jamás gocen con el fluir
de la luz nacida para aunar corolas de corazones solidarios.

Todo cuanto existe sobre el mundo
o anida en nuestros corazones nos encadena
sin contemplaciones al camino,
por donde la noche y el día viajan
cogidos férreamente de la sangre,
arrastrando sobre el cuerpo de la tierra,
una tierra de voz poderosa, enigmática,
pero sin protección ante los fuegos invasores,
sus propias savias, en medio de oleadas de nubes
violentas, furtivas, que compran ciénagas
y abismos negros, mientras venden a cada paso
indiferencias, cruces y ojos vacíos.

Sígueme, amigo mío, y expande
sin descanso las grandezas y las insignificancias
del aire libre, aunque te persigan por doquier
las innumerables tempestades
forjadas y endurecidas por vientres de sepulturas.
Ésos que incendian los mares, con sus rayos malditos,
para crucificar la valentía y el coraje
de las olas que nunca se arrodillan.

Sígueme, hermano mío, con la frente bien levantada,
la sangre toda vitalidad y suficiencia
y el alma desnuda y sin amarras como el aire libre.

 

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