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CAPRICHOS DE HUMO
Vi cómo disfrutaba el Minotauro
en los brazos del astro que aviva las hogueras
de las ofrendas agrias, cosechadas
por hombres que olvidaron los racimos
dorados de las violas que sanan a las aves.
Después, en Naxos, centro de la esencia
victoriosa, acamparon los ejércitos
del desconcierto inagotable sobre
cráteres enterrados en cenizas.
De la misma manera que dejaron morir
a los puentes de Naxos y de Delos,
arrojaron, aún vivos, en tumbas
ácidas, a los signos de los ríos que riegan,
con valor razonado, los pulsos de la vida.
Allí llegó Teseo, con sus frutos maduros,
para sembrar los besos de la música
que recuerdan la luz en los labios amados.
Mientras, se alzó la voz enérgica de Ariadna,
instando a los poetas, constructores de puentes
férreos, a no cesar en su lucha de siglos
contra las escombreras que olfatean el cuerpo
de la noche en tinieblas mucho antes de imponer
sus caprichos de humo al agua transparente.
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