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BILE
Cómo te adora, Dana, el ángel nuevo
que habita en mis victorias y derrotas
desde que me sacaste de aquellos laberintos
interminables, crípticos. Las nieblas de mis días
y de mi corazón huyeron raudamente,
fundiéndose en las nieves de las sierras
desganadas, sin arpas ni dulzainas.
Recuerdo que nevaba, que me hería
con furia la espantosa soledad,
que me acosaba un viento con sangre de cuchillos…
Recuerdo…, ¡oh dulce Dana!, tu belleza
de mariposa en vuelo,
tus ánforas repletas de ternura,
tu risa clara, afable, en oleadas
de tangos candeales bajo un cielo de besos
engendradores de ilusión y vida…
Mira, Dana, los juegos de las aves,
el cuerpo de la mar, sus ondas, su hermosura…,
las fiestas soleadas de trigos y amapolas,
los deseos floridos de los fieles amantes,
la sonrisa de aquel niño que traga
cuentos, aire y… pobreza.
Invade con tu cuerpo, tan deseado
por mi alma, este otro cuerpo, el mío, el de tu Bile,
que ya te pertenece eternamente.
En mí siento tu amor, como cascadas bravas,
como frescos gorjeos de solidaridad.
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