LA HORA

 

Subido al mástil lírico
del laberinto de los transeúntes,
veo cómo los espejos de los mares manejan
los días ilustrados con estatuas.
Desde allí, siento el canto virgen de las raíces
que describen el ritmo y los giros
de la adivinación de olivares pretéritos.
En los valles, los vientos acarician
las esperanzas místicas de los pechos que nutren
la vida del paisaje.
El río continúa su camino
hacia los músculos de las mareas,
mientras los ideales milenarios
del arco iris se filtran
a través de las rejas de los recuerdos secos.
Los instantes se engendran en el vientre
de lo caduco, entre las cresterías
de campiñas y nubes en pleamar,
como el ara sagrado de los lechos.
Aunque no mire los relojes rústicos
de las flores que buscan, entre las enramadas
bravías de la lluvia, los pulsos de tus fuentes,
sé que el tren de los frutos
y las hipótesis en torbellinos
sala a la misma hora
que las luces de voces incansables
para apilar caminos, sueños, alas…,
en los valles feraces de sus mentes.

 

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