A LA ALHAMBRA
Allá en la Torre de la Vela un cante
recio, como el palacio de La Alhambra,
besa con su mirada los cabellos
de oro blanco de Sierra
Nevada. ¡Oh piedras cárdenas!
Si pudierais hablar…, como yo os hablo,
¡qué deleite de ríos llameantes
de pasión ante un mundo que cree en la bondad
feraz de las orquídeas con sangre de alboradas!
Todo en ti, amada Alhambra, son rubíes de vida
que cantan a los hombres y a los siglos.
Siento cómo penetra,
en la savia de selvas mordidas por misterios
agolpados en páginas de nieve,
la música insonora de Al-Andalus.
Plena de historia, luces, en las ondas
de tu urbe damasquina, el excelso equilibrio
que armoniza cipreses
y almendros de fragancias incansables.
Aquel día lejano,
bajo la desnudez
de sus horas decrépitas,
el ocaso empapó con su lluvia de lágrimas
las tierras de Granada. Huyeron las antorchas
con sus voces heridas
hacia las cumbres de los sueños rotos.
Mudo quedó el monarca de la noche
al desplomarse todos sus afanes.
Sola quedó La Alhambra, sola y desorbitada
en su espacio atrapado
por las siete mareas del rayo que condena. |