Ascenso a la cima de Pirgos

 


Levanté mi cabaña
en la cumbre Mytikas
tras luchar bravamente en una interminable
guerra contra los ojos de las siete lechuzas.
Allí inventé los bosques de los rayos
del Oráculo, flujos de manantiales
imaginarios, como
rebaños aromados por los vientos
que nunca abandonaron sus raíces.
Pasaron noches, demasiadas noches,
desorbitando vuelos de murciélagos
y galopadas de convocatorias
que anunciaban el paso silencioso
de los mansos corceles del hastío.
Me salí de la Vía
Láctea para buscar nuevas palabras
en los mundos maduros de Aphrodisia.
Me adentré por las sombras cargadas de milenios
que duermen en la cueva de Anemótripa
sobre lechos revueltos
por la espesa negrura del olvido.
La confusión espiaba
desde los palacetes subterráneos,
donde el cóndor indócil
apaga los incendios provocados
por las ondas odiosas de las hienas sin rostro.
Aquel día de cuerpo envejecido
me deleité escribiendo en los jardines
de Thirassia frondosos pensamientos
de Esquilo y Herodoto.
Allí me visitó la diosa de Agathonas
con su brillante séquito
de muchachas mareantes de lujuria.

 

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