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CANTE JONDO
“Es el saber popular
que encierra todo el saber.”
Manuel Machado
Un hombre, una guitarra, una poesía.
Triunvirato de soles en pleamar
que en conjunción sacrosanta,
con resplandores de sentimientos
y de fe, se eleva en la noche,
como repique de campanas,
como besos de alas cósmicas,
sobre el silencio de los corazones,
donando la savia del cante
en su singular arquitectura popular
a un mundo desvelado
por la escarcha de sus sinsabores
y las ansias de consuelo.
La poesía...
Palabra hecha fuego,
olas de llamas infinitas que desatan
bajo las estrellas el dolor
sostenido de un pueblo sin disfraces.
Un pueblo que sabe sufrir en secreto,
como galán enamorado,
mientras liba el aroma
agridulce de su historia.
La palabra.
Poesía con alas de gloria y sangre
de promesas
que se desclava de su cruz
para sembrar sobre el oleaje
de las almas pétalos de amor y de lágrimas.
La palabra. La guitarra...
Estrofa de claveles nivelados
que brilla,
como el oro del deseo,
sobre el arco iris de la vida. Ruiseñor
de rayos paralelos con mirada de niño
y cuerpo de árbol,
intérprete de angustias y desamores,
de derrotas, penas, dolor y sombras...,
que nos acompaña en este
cónclave de dioses,
como un mensaje todo duende y hechizo,
desplegado sobre la campiña
de perímetro calculado
para gozo de los siglos.
La poesía. La guitarra. El hombre...
Revelación de la luz inmaculada.
Catedral de cristal aún sin concluir.
Creador de la belleza no descifrada que vendimia
embrujos de rosas, de olivos y de olas,
con la sensibilidad que atesora en sus salas,
para engalanar los vientos
cotidianos por donde vuela
hacia la profecía
que en el silencio le aguarda.
El hombre...
Motor, sangre, cauce y destino del cante.
Fuente de gracia del sentir de un pueblo.
Legado de músicas celestes
que inflama con sus luceros de excepción
el corazón inmenso de unas constelaciones
que discurren de sobresalto en sobresalto
por las órbitas líricas de los tiempos.
El hombre...,
oración de amor y de pasión con misterio de cielo.
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