JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, OLIMPO DE SENSIBILIDAD
 


El tiempo, con sus luces de clepsidra
y sus sombras de hiel,
marcó a fuego tu vida y su nostalgia,
noche inscrita en el ánimo del pozo,
donde el hombre no encuentra el alma del silencio.
Puerto Rico acogió en su inagotable
fuente las ecuaciones de tus rosas y espinos
con frutos de prodigios en concierto
radiante, como pétalos de estrellas
que aglutinan los cantos del júbilo de ser.
Hubo, en la oscuridad de tu cáliz, sonoros
prados que se tornaron en espejos de nieblas,
quemadores de sueños y recuerdos,
pero tus ríos, soles de ternura,
engendraron ideas con voces envolventes
y senderos al ritmo de las aves.
En la fronda encantada de tu pecho,
surtidor de ansiedades y parvadas
de palabras insomnes,
vida de ruiseñores y de niños
sin ausencias le diste,
con el noble entusiasmo de tu amado Platero,
a un mundo de moléculas heladas,
enraizado a lo efímero.
Con Zenobia habitaste en el sol victorioso
del amor con espigas de esperanzas
y heliotropos en auge persistente, sin límites.
Por siempre tus auroras y sus gemas
palpitarán tenazmente en mi sangre,
en mi alma de violines constelados
de valles y desiertos.

 

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